I. ¿Escribi-qué? Quiénes hayan tenido la fortuna (o la desgracia) de recibir un correo electrónico de Rodrigo Muñoz Cazaux, podrán leer junto a su firma personal , algunas características con que él decide presentarse a sí mismo: “Guionista, escribidor, tecleador y trabajos similares”. Ahora, también habría que agregarle Profesor de Lenguaje. Curioso. Y no lo digo por incluir rasgos que definen sus intereses profesionales, muchos lo hacen. Lo digo más bien por el humor sutil que se despliega en una de estas palabras. Me refiero a: “Escribidor”. Y ojo, no a “escritor”, sino que a “escribidor”. Quiero comenzar refiriéndome, precisamente, a este uso del lenguaje con que Rodrigo moldea su propio hacer. No se auto-define como un “escritor” consolidado, sino como un “escribidor”. Palabra que me resulta atractiva de pensar porque no solo habla de cierta humildad no muy propia -por lo demás- de ciertos escritores, sino también expresa una autopercepción de sí como alguien que constantemente está en “proceso de”: proceso de escritura, proceso de búsqueda y de aprendizaje. Alguien que “está escribiendo”, no solo que “ha escrito”. Entonces, cuando este “escribidor” me pidió que hablase del segundo libro de su trilogía “ Con sangre en el ojo”, no puedo negar que entré en pánico. Yo no soy ni “escribidora”, ni escritora”, soy solo una profesora de literatura a quien le gustan los libros . Pero bueno, supongo que Rodrigo me escogió más bien por “habladora” que por otra cosa. A veces me resulta hablar hasta debajo del agua. En todo caso, y esto Rodrigo no lo sabe, cuando me encomendó esta misión también entré en pánico por otras razones, pensamientos que no deben haber ocupado más allá de los veinte segundos que tardé en responderle: 1. ¿Qué pasa si no me gusta el libro?; 2. Si no me gusta el libro no sé de qué voy a hablar, porque detesto hablar de cosas que no me gustan y qué vergüenza que a uno se le note la cara de tedio cuando un público desconocido tiene clavados los ojos en ti; 3. Entonces, si no me gusta el libro y para evitar la vergüenza, tendré que buscar una excusa para no hacer la presentación y ahí Rodrigo me va a matar, o en el mejor de los casos, no me dirige más la palabra. Sin embargo, al final, como siempre suelo hacerlo, me arriesgué y dije “bueno”, veamos qué pasa; ¿total?, las reconciliaciones siempre son posibles y, por otro lado, se trata de un texto publicado por una editorial independiente que lleva solo un año y que apuesta por escritores nacionales aún desconocidos y que abordan géneros que solo en los últimos años están encontrando un espacio entre determinado público lector y entre los estantes de algunas pequeñas librerías. Son pocas las editoriales que se arriesgan por textos menos clásicos. II. ¿Novela-qué? Comenzar un libro no siempre resulta una tarea fácil. Más aún cuando tienes decenas de libros acumulados en el escritorio, como ocurre en mi caso. Pero, en fin, no podía seguir aplazando la lectura. Me tuve que enfrentar mi miedo y tomé Huelén, texto que ustedes tienen frente a sus ojos y por el que han venido a escucharnos esta tarde. Ahora bien, lo primero que llamó mi atención fue que su portada seguía el estilo oscuro y un tanto misterioso del libro que le antecede: Curialhué; y que, en la contraportada, junto al riguroso código de barras, hay un código QR que no incluye ninguna referencia sobre qué es lo que podemos encontrar si lo escaneamos . Pero hay algo más. En la portada, abajo a la derecha, cuatro palabras definen el texto: “novela negra / suspenso fantástico”. O.K. Eso es lo que me voy a encontrar. Partamos el desafío. El “Prólogo” / ‘La sangre de un poeta’: De partida, el libro nos introduce en el mundo del crimen. Crimen, donde el protagonista es el poeta peruano auto-exiliado en Chile, José Santos Chocano. Personaje cuya vida transita por dos siglos, el siglo XIX y el XX, y que se ha convertido en uno de los mitos literarios más oscuros de nuestro continente. Efectivamente, Rodrigo Muñoz se vale del hecho histórico , un asesinato real, para partir una historia que se desarrollará en poco más de doscientas páginas, donde también encontraremos saltos temporales, más crímenes, misterios y mucho, mucho, suspenso y sangre. Pero la alusión inicial al poeta es solo una excusa, un ‘aperitivo’, para poder contar otras historias, aquellas principales y que se irán hilando en las tres partes en que se divide la novela, y en que la sangre es uno de los hilos conductores. De ahí también el nombre de la trilogía. Como dije, este “Prólogo” es solo una excusa, una excusa muy visual -como todo el libro por lo demás-, para introducirnos a otro mundo, al mundo de los habitantes de la Ciudad de Piedra, una ciudad oscura y subterránea, donde se trama un complot para destruir la ciudad de Santiago. Tal cual. No obstante, el libro sorprende, porque al estilo descriptivo y ciertamente realista de esta suerte de introducción, le siguen una serie de textos que toman otro curso, un curso no menos visual, pero sí mucho más fluido, fantástico, intrigante y que, por momentos, bordea el límite con la ciencia ficción. Por otra parte, casi cada entrada lleva el nombre de una mujer: Leonor, Isabel, Lucía, Eliana, Eloísa, Camila, Rayén. Nombres que irán repitiéndose y que serán clave para conectar los diversos saltos temporales entre pasado, presente y futuro en que se desarrolla la trama. Las historias de amor, tortura, violencia y venganza que plagan las páginas y que, en ciertos pasajes, están construidas con una perfecta sincronía narrativa. Como en el capítulo del ‘atentado en el metro de Santiago’ planificado por la fanaticada de un oscuro libro llamado “Manual de Usuario”, fanaticada compuesta por sujetos que no se conocen entre sí, pero cuya conexión es el deseo de subversión contra el sistema. Su destrucción. De este capítulo no quiero dar mayores spoilers, pero sí quiero destacar que resulta impactante. Se trata de uno de mis favoritos. No solo por cómo están perfectamente calzadas todas las piezas del puzzle, sino también porque las descripciones de sus consecuencias resultan brutales: 230 muertos, 314 heridos, rostros desfigurados, aplastados, huesos y gargantas cortadas. Todo eso y más, pero narradas con una rapidez acumulativa de imágenes digna de una serie de televisión. También, está la historia de Sergio, personaje oscuro, niño maldito que nos recuerda a los inquietantes personajes de la escritora argentina Mariana Enríquez, una maestra en la cuentística del terror. Niño que crece, se hace adulto y se vuelve sombra, un N.N., que tiene un don perturbador: don (o maldición) que lo hace alejarse de su familia. Personaje misterioso y derruido, que debe volver a escena para hacerse cargo de una hija de 15 años, a quien apenas conoce, pero con quien debe aprender a convivir y a crear los lazos afectivos perdidos. Todo esto, mientras escapa de Francisco, otro personaje siniestro, que emerge desde las profundidades de la Ciudad de Piedra para cobrar una venganza que ha esperado por décadas. Creo que, a pesar de la crudeza de ciertas escenas, algunas que en lo personal me resultaron visualmente repulsivas , esta novela también tiene algo de conmovedora. Como dice en una parte, de “dicha y dolor, tristeza y alegría. […] [Es] Altazor, Tala y Trilce”. Referencias literarias que nos sitúan también en los caminos de la libertad, la caída, el amor y la muerte. Pero también en el camino de la esperanza. Esperanza encarnada en Isabel, la hija de Sergio. Esperanza doble: la de la posibilidad de fundar un futuro desde las cenizas y la de la salvación de un hombre, su padre. De ahí que esta novela, construida de fragmentos, citas de poemas y de canciones, crónicas de prensa e historias de vida reales y/o fantásticas, nos lleve a otro aspecto inesperado, dentro de lo que serían los géneros literarios entre los que se mueve. Me refiero a la vida y a los conflictos de chicas adolescentes y, junto a ello, a cómo los hombres asumen su paternidad frente a la ausencia de referentes maternos para lidiar con una edad ciertamente conflictiva, llena de rabia, silencios, rencores, aunque también de necesidad de afecto y contención. Y aquí, en realidad, todos o casi todos podemos sentirnos identificados. Todos los que están aquí son o hemos sido adolescentes. Por lo mismo, estoy segura de que la novela puede resultar muy atractiva para un público también juvenil, que no solo reconocerá ciertos espacios nacionales, sino también se podrá ver reflejado en las emociones y formas de interactuar de los personajes. Se trata además de una novela que, a pesar de ser descriptiva -algo muy extraño de encontrar en la narrativa chilena reciente-, permite que avancemos relativamente rápido, incitados por la necesidad de saber y entender los enigmas que, con destreza, el autor ha dispersado y dosificado con cautela en las diferentes partes. Acá, por cierto, se ve claramente la influencia del género negro y la novela de enigmas, pero, en este caso, mezclado con otros géneros que hacen de la novela un texto híbrido, diferente, entretenido. De hecho, el mismo final es inesperado. El orden se invierte, y nos deja abierta la posibilidad a una tercera parte que ya estoy ansiosa por leer. III. “No vengo a vender, vengo a regalar” Pienso, y creo que ningún escritor ni editor puede simplemente ignorar este aspecto. Publicar siempre tiene una intención política, la de situarse en un espacio lleno de discursos con los cuales se debe discutir y/o dialogar. El mismo libro Huelén posee un discurso político y una crítica explícita a ciertas prácticas de poder que resultan absolutamente atingentes a nuestro presente . Pero no quiero, por ahora, sondear en ese terreno. Lo que sí me importa es lograr que este texto no pase desapercibido. Que los lectores disfruten o se sorprendan tanto como yo mientras lo leía. Que se sientan cautivados por las contradicciones que genera un texto literariamente bien construido, sólido a nivel estructural, lleno de referencias literarias, pero al mismo tiempo fresco, rápido e ingeniosamente ‘perturbador y descolocante’ en ciertos aspectos. Un texto que interpela desde los epígrafes de cada parte, que funcionan a modo de indicio para sondar en los significados de la historia, así como también desde lo musical. Al comienzo les hablé de este extraño código QR, el que, finalmente, se trata de la entrada a otro mundo, ya no a uno subterráneo o urbano, sino a uno virtual. La banda sonora del libro para seguir explorando en sus misterios. El lector podrá asociar, jugar, retroceder y avanzar por las varias canciones que conforman la lista que comparte el título de la novela, Huelén. Canciones de Black Sabbath, Supertramp, Queen, Pink Floyd, Megadeth, Pearl Jam, Mecano, Los Tres, Mano Negra, Fiskales Ad-Hok, Maldita Vecindad e, incluso, Silvio Rodríguez e Igor Stravinsky. Una variopinta mezcla para todos los gustos y que, más de seguro, en algún momento nos llevarán por algunos de los subterráneos de nuestra propia memoria. De nuestro propio espacio. Y me gustaría poder decirles: “Yo no vengo a vender, vengo a regalar”, con ese tono coloquial que más de alguna vez hemos escuchado mientras vamos apretados en el Transantiago. Pero no puedo. Y no porque yo tenga algo que ver con la editorial. Para nada. Lo digo porque quiero destacar que gracias a proyectos editoriales como éste y a la conformación de un público que adquiera sus publicaciones, se le puede dar cabida a nuevas plumas que de momento no son conocidas en el sistema de las editoriales más grandes o que aún no son respaldados por la crítica literaria, pero escrituras de autores que creo necesarios dentro de un contexto nacional, pues vienen a ocupar un espacio precario en nuestras letras, un espacio que recientemente está ganando algo de terreno gracias al riesgo que están tomando editoriales como Áurea. Hasta ahora, vale destacar, la gran mayoría de textos de Ciencia Ficción y Suspenso Fantástico para un público juvenil viene del viejo continente, de la mano de las transnacionales que instalan sus best-sellers en las vitrinas de las principales cadenas de librerías. Y es poca la posibilidad de que este tipo de editoriales se arriesgue por descubrir nuevas escrituras.
Pero editoriales como Áurea se instalan para decir que no, que no hay solo una forma de escribir y que, de hecho, hay varias formas de acercarse a un nuevo público que está ávido de lecturas con las cuáles identificarse, un público que no quiere ser domesticado, un público potencialmente crítico que puede reconocer al interior de estas ficciones sus propias emociones y sus propios afectos . Por eso, creo que apoyar a editoriales independientes es fundamental para dar movilidad a textos como el de Rodrigo. Si hasta ahora el ‘vender’, dentro del campo literario, ha sido demonizado por una parte de la crítica, por otra, hay quienes comprenden que para editoriales pequeñas ‘vender’ es necesario. Pero en este caso es necesario porque se trata de editoriales que trabajan a pulso, colectivos pequeños que creen en su propio proyecto porque saben que tienen un discurso que quieren compartir, porque hay un editor que está pensando más allá del mero interés comercial. No obstante, no seamos ingenuos, publicar implica un costo y la sobrevivencia de este tipo de editoriales depende en gran parte de su capacidad para distribuir y vender sus textos. Pero vender para ellas no significa obtener grandes ganancias, sino al contrario, significa un pequeño triunfo que les permite poder sustentar su proyecto y poder seguir descubriendo, publicando y dando lugar a nuevos y desconocidos autores, que quién sabe si algún día serán recordados a través de estos libros. Hay una frase del filósofo Peter Sloterdijk, quien a su vez cita al poeta Jean Paul, que me gusta mucho. Dice algo así como: “Los libros son voluminosas cartas para los amigos”, cartas que buscan mover a otros, a receptores desconocidos, a través del amor por el conocimiento y la amistad. En lo personal, quiero cerrar con esta idea, porque deseo que, el libro de Rodrigo, realmente tenga muchos, muchos amigos. Macarena Silva. Crítica y Académica Literaria En el marco de la presentación de "Huelén - Con sangre en el ojo" en #FILSA2018

Comentarios